Autonomías indígenas en América: de la demanda de reconocimiento a su construcción

Francisco López Bárcenas

La lucha por esta América Latina liberada, frente a las voces obedientes
de quienes usurpan su representación oficial, surge ahora con potencia
invencible, la voz genuina de los pueblos, voz que se abre paso desde las
entrañas de sus minas de carbón y estaño, desde sus fábricas y centrales azucareras,
desde sus tierras enfeudadas, donde rotos, cholos, gauchos, jíbaros,
herederos de Zapata y de Sandino, empuñan las armas de la libertad.
Ernesto Che Guevara
En respaldo a La declaración de la Habana, 1960

1. Tiempos de autonomías

En América Latina se viven tiempos de autonomías. De autonomías indígenas.
Se puede afirmar que el reclamo se posicionó como demanda central
de los movimientos indígenas nacionales en la década de los noventa del
siglo XX y se consolidó a principios del siglo XXI. No es que antes no existiera,
al contrario, desde la época de la conquista —española en unos casos,
portuguesa en otros— hasta la consolidación de los estados nacionales, desde
las rebeliones de Tupac Amaru, Tupac Katari y Bartolina Sisa, en tierras
andinas, hasta las de Jacinto Canek en tierras mayas contra el poder colonial;
pasando por las de el Willka Pablo Zarate en Bolivia, o las de Tetabiate y
Juan Banderas entre los yaquis de México, durante la época republicana, o
las de Emiliano Zapata en México y Manuel Quintín Lame en Colombia,
durante el siglo xx, hasta la rebelión zapatista también en tierras mayas, a
finales del siglo xx y principios del siglo XXI, las luchas de resistencia y
emancipación de los pueblos indígenas han estado permeadas por las reivindicaciones
autonómicas; no siempre con ese nombre, pero si con los mismos
proyectos utópicos, que pasan por ser pueblos con derechos plenos, territo-
rios, recursos naturales, formas propias de organización y de representación
política ante instancias estatales, ejercicio de la justicia interna a partir de su
propio derecho, conservación y desarrollo de sus culturas y elaboración y
ejecución y puesta en práctica de sus propios planes de desarrollo, dentro de
sus demandas mas significativas.

El asunto no es para menos. Así lo ha entendido la misma Agencia Central
de Inteligencia Americana (CIA), quien desde principios del siglo XX advertía
que los movimientos indígenas serían uno de los principales desafíos a los
gobiernos nacionales en los próximos 15 años, los cuales, desde su punto de
vista, se incrementarían «facilitados por redes transnacionales de activistas de
derechos indígenas, apoyados por grupos internacionales de derechos humanos
y ecologistas bien financiados», «Las tensiones —añadía el informe— se
intensificarán en un área desde México a través de la región del Amazonas».

Mas recientemente, el representante de los Estados Unidos para América Latina
en Asuntos Hemisféricos, John Dimitri Negroponte, refiriéndose al triunfo
del aymara Evo Morales Ayma en las elecciones presidenciales de la república
de Bolivia, afirmó que los movimientos subversivos están haciendo mal
uso de los beneficios de la democracia y eso pone en peligro la estabilidad de
los Estados nacionales en toda América Latina.

Los movimientos de los pueblos indígenas y su lucha por la autonomía
son una preocupación para los grupos económicos y políticos dominantes,
porque forman parte de otros movimientos sociales de América Latina que
resisten a las políticas neoliberales y sus efectos sobre la humanidad, pero
también son parte integrante de los amplios sectores sociales que impulsan
propuestas alternativas que nos ayuden a remontar la crisis en que se encuentra
el mundo. Sólo que a diferencia de los demás, los que protagonizan los
pueblos indígenas y sus organizaciones son más radicales y profundos en sus
planteamientos, tanto por los métodos de lucha que han utilizado para hacerse
presentes —la mayoría de las veces de manera pacífica pero cuando esto
no es posible de manera violenta— pero también porque sus demandas para
ser posibles requieren de una transformación profunda de los Estados nacionales
y sus instituciones, que prácticamente nos llevaría a la refundación de
los Estados nacionales en latinoamérica.

El reclamo del los pueblos indígenas del reconocimiento de su autonomía
tiene otro componente que pone a pensar a las clases hegemónicas que
detentan el poder en cada uno de los estados de América Latina donde suceden.
Éstos se presentan justo cuando los Estados entran en un fuerte debilita-
miento, producto del empuje de las fuerzas económicas internacionales para
que se vayan retirando de la esfera pública, reduciéndolos en la práctica a
simples gerentes de los intereses capitalistas. Paradójicamente, son esas mismas
clases sociales las que ponen el grito en el cielo ante el reclamo indígena
de reformar o refundar los Estados para hacerlos funcionales a las realidades
multiculturales de sus habitantes, afirmando que de aceptarse los reclamos
de los pueblos indígenas los Estados terminarían hechos pedazos. Pero la
realidad es otra, si se pactara un nuevo estado en donde los pueblos indígenas
fueran reconocidos como sujetos políticos autónomos, seguramente los
Estados se fortalecerían y entonces las fuerzas económicas del libre mercado
perderían hegemonía en el diseño de sus políticas antipopulares.

El argumento ha sido usado por los poderosos para diseñar verdaderas
políticas de contrainsurgencia con las que enfrentan a los movimientos sociales
y sus aliados, bajo la idea de la defensa de la soberanía nacional, lo
cual ha sucedido de muy diversas maneras. En algunos casos entre los que
se cuentan los de Bolivia y México, el Estado ha confrontado directamente
a los movimientos indígenas, inclusive movilizando su aparato militar fuera
de los marcos constitucionales; en otros como Panamá, Nicaragua, y en
alguna medida Ecuador —sobretodo en la parte andina—, han optado por el
uso de una «estrategia envolvente» para recuperar los espacios perdidos; en
estos casos no se llega a la confrontación violenta sino se opta por el uso de
los partidos políticos como mecanismo de control, ofreciendo causes para
acceder al poder, que terminan siendo formas de control y desarticulación;
otra estrategia usada es el aislamiento, como se ha hecho en Brasil y parte
del Ecuador, donde se ha dejado el campo abierto para que sean las compañías
transnacionales que se apropian de los recursos naturales las que enfrenten
directamente el descontento indígena mientras el Estado actúa como
si nada pasara.

Digámoslo con toda claridad. Los pueblos indígenas de América Latina
luchan por su autonomía porque en el siglo XXI siguen siendo colonias. Las
guerras de independencia del siglo XIX acabaron con la colonización extranjera
—española o portuguesa— pero quienes accedieron al poder siguieron
viendo a los pueblos indígenas como colonias. Colonias que las clases hegemónicas
escondieron tras la mascarada de los derechos individuales y la
igualdad jurídica, pregonadas por el liberalismo decimonónico y que, ante la
evidencia de la falsedad de ese argumento, ahora se esconden bajo el discurso
del multiculturalismo conservador, que se manifiesta en reformas legales
que reconocen las diferencias culturales de las poblaciones de los Estados
pero este sigue actuando como si no existieran. Todo eso mientras los pueblos
indígenas de América Latina sufrían y sufren el poder de un colonialismo
interno. Por eso los movimientos indígenas, a diferencia de otros tipos de
movimientos sociales, son luchas de resistencia y emancipación. Por eso su
demanda se aglutina en la lucha por la autonomía, por eso las preocupaciones
de las fuerzas imperiales aumentan en la medida en que los movimientos
crecen, por eso es que el logro de sus demandas implica la refundación de los
Estados nacionales.

¿Pero cómo llegamos a esta situación? ¿Cómo se materializan las luchas
por la autonomía y qué peligros enfrentan? ¿Qué futuro puede avisorarse de
ellas? Son preocupaciones que rondan en los pensamientos de propios y extraños.
Buscando respuestas a estas interrogantes se ha escrito el presente documento.
Para rastrear el fondo del problema comienza con la época colonial
y la invención del indio por los colonizadores; pasa por la creación de los Estados
nacionales y el colonialismo interno; trata de explicar el colonialismo
interno y su relación con as políticas indigenistas, y como los movimientos
indígenas han cuestionado estas y luchado por la autonomía. Después de esto
se pasa a un breve recuento de las tendencias autonómicas para seguirnos con
una explicación de las razones en que se fundan los reclamos indígenas de
autonomía, los sujetos titulares del derecho, las enseñanzas que nos dejan los
procesos autonómicos, para cerrar con unas reflexiones finales.
 

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