Si un citadino latinoamericano emprende un largo viaje por tierra fuera de su urbe observará diversos panoramas. Podrá deleitarse con terracotas visuales desérticas, en otros lugares atravesará caminos cubiertos por bosques donde abunda el verde en diferentes intensidades, traspasará extensas llanuras cubiertas de pastos o paisajes ajedrezados por diversos cultivos. En todo ese recorrido tendrá que cubrirse del frío en algunos trayectos, y en otros se verá obligado a desprenderse de la ropa pegada por el calor y la humedad; con esto quizá caerá en cuenta que algunas partes son calurosas y bajas, y otras de topografía quebrada y que al ascenderse invitan el frío. En algunos lugares no habrá casa alguna, en otros verá asentamientos confinados al borde de la vía, y en ciertas partes contemplará casas dispersas que en juguetona forma de zig zag se irán difuminando en el horizonte. Si observa con atención, nuestro viajero apreciará que la gente no es idéntica a lo largo del camino; vestirán diferente y sus colores de piel variarán. Y si es aún más atento se dará cuenta que los olores, las comidas, los sabores, y algunos productos variarán de un lugar a otro. En fin, este viajero estará cruzando un mar de texturas, paisajes, grupos humanos, productos, olores y climas.

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