En la Mixteca los Días de Muertos, también llamados De todos Santos, son de fiesta y, como muchas fiestas del pueblo, días en los que se refleja la cultura. Los habitantes de los pueblos se preparan con mucha anticipación para esperar la llegada de esta fecha y cuando se va acercando lo hacen casi con ansiedad. Esto se debe, en gran parte, a que por la diáspora que constantemente experimentan las familias, muchos ven el Día de Muertos como una oportunidad para la reunificación, tanto de los vivos como de los que han partido para no volver. En estos días las familias se olvidan de su situación económica y se preparan para ofrecer a todos parte de la grandeza de su cultura.

En la preparación de este festejo participa toda la familia. Desde julio –el 26 exactamente– los hombres cumplen con su deber de sembrar cempasúchil (flor de muerto) con la cual, llegado el día, se marcará el camino a las ánimas que regresan, para que no se pierdan; se adornará al altar familiar donde, junto con los santos hacia los cuales la familia es más devota, los muertos departirán los alimentos que con gran solemnidad y respeto les ofrecerán sus familiares, como si estuvieran vivos. Las mujeres muelen totopos –tortillas tostadas típicas de la región–, que van juntando poco a poco en canastos de carrizo o tenates de palma para obsequiar a los próximos anfitriones.

En la última semana de octubre las amas de casa bajan a los mercados a hacer plaza y compran todo lo necesario para preparar la fiesta. Bajan con tenates de palma o canastas de carrizo vacíos y regresan con ellos llenos de chile amarillo, costeño o guajillo, ajonjolí, tomate y demás especies que utilizarán para preparar el mole de guajolote, típico de la región y que sólo se consume en fechas de mucha importancia, como ésta. Compran ocote para la lumbre, copal para purificar el altar en el que se alojarán los fieles difuntos, cera de miel de abeja para fabricar velas de cera o, en su defecto, compran velas de parafina.

<strong>En espera de Todosantos</strong>

Cuando sólo faltan unos cuantos días para que llegue el Todosantos, como también se le llama al Día de Muertos, van a las fruterías y se surten de toda la mercancía para la cual su economía les alcanza: naranjas, plátanos, cañas de azúcar, manzanas, entre las más comunes; las familias con más posibilidades adquieren también piñas, uvas y otras frutas que son más caras, porque no se producen en la región. Otros las cortan del huerto familiar, porque no les alcanza el dinero para comprarlas en el mercado o bien porque el difunto que se espera gustaba mucho de ellas.

Algo que nunca falta es el típico pan de muertos, preparado especialmente para esta fecha; es tan importante el papel que juega en el ritual que sin él la celebración estaría incompleta. El pan representa al familiar fallecido y al cual se espera para que se una al regocijo de sus parientes. Los hay de muchas formas y calidades: el que representa a los niños (de forma pequeña) y el que simboliza a los muertos (de tamaño más grande); asimismo existe el normal, es decir, el de pura harina, y el preparado con yema de huevo, tipo empanada, con calabaza adentro, entre muchos otros. Todos amasados en forma de figuras humanas. Los que pueden, encargan especialmente su pan en la panadería de su preferencia hasta con el nombre del difunto que representa.

Muchos comerciantes llevan a las plazas calaveras hechas de azúcar y colorante vegetal para adornar el altar familiar.

La fiesta dura, regularmente, tres días. En el primero, conocido como vigilia, se recibe y atiende a los niños, y en el segundo se comparte con los grandes; el último es para acompañar a los muertos en su regreso al panteón para que sigan descansando. Hay tres tipos de difuntos a los que no se espera, porque se tiene la certeza de que no llegarán: los niños que mueren fuera del amparo de la fe católica y los adultos que mueren en pecado. En otras palabras, no pueden volver al hogar donde vivieron los niños que murieron antes de ser bautizados y que por lo mismo fueron enterrados fuera del panteón común ni los adultos que no se acogieron a la protección de la religión católica o lo hicieron y después renegaron de ella. Tampoco pueden participar en el ritual los muertos que no han cumplido un año de fallecidos cuando la celebración se realiza; éstos deben esperar hasta el próximo año “para volver”. Se tiene la idea de que andan perdidos en el espacio y no hallan el camino de regreso.

La familia comienza a reunirse dos días antes que termine octubre. Quienes por alguna razón han permanecido fuera del pueblo y regresan, el regocijo de sus familiares es grande; también tiene importancia la presencia de quienes han abandonado el hogar, pero permanecen en el pueblo, ya sea porque vivan con otro familiar por alguna razón, porque se han casado, pero aún no tienen familia, o por alguna otra causa. Todos cooperan para la celebración, ya sea aportando algún animal doméstico para sacrificar, parte de la fruta para la ofrenda o algo para la ornamentación.

El penúltimo día de octubre por la noche los hombres se dedican a adornar el altar familiar, donde se acomodará a los fieles difuntos que regresan. Con cañas de azúcar de gran tamaño o pedazos de madera de pino-enebro y varas de arbustos flexibles forman pilares y arcadas que simulan arcos de la entrada de un gran templo, todo adornado con flor de cempasúchil. De ellos cuelgan la fruta de la ofrenda y la que sobra se coloca sobre la mesa, junto con los totopos, miel y todo comestible que la economía permite.

Las mujeres arreglan la casa, limpian el patio y la calle y ordenan lo necesario para la comida de los días posteriores.

Así, todos se disponen a esperar la llegada de los angelitos, cosa que sucederá al día siguiente.

El último día de octubre es el día dedicado a la veneración de los muertos niños o el de los ángeles, que, como ya se dijo, también se conoce como vigilia. Las bandas municipales de los pueblos tocan El alba alrededor de las cinco de la mañana, hora en que toda la familia despierta y se pone en movimiento porque es la señal de que el momento tan esperado se acerca: mientras unos queman copal o incienso en el altar familiar, que ya se encuentra arreglado, otros marcan el camino de la casa regando flor de cempasúchil desde el edificio que albergará a los muertos hasta la calle principal para que quienes lleguen no se vayan a perder y reconozcan rápidamente su antiguo hogar.

Así transcurren las primeras horas de ese día. Más o menos entre las nueve y 10 de la mañana se ofrece a los anfitriones una bebida como desayuno, regularmente atole de maíz molido, endulzado con panela y mezclado con leche. Es todo lo que se les brinda a esa hora. Para la comida se acostumbra preparar caldo de pescado o mole con torta de huevo y camarón. Eso es todo. Está prohibido comer carne, hacerlo equivale a cometer un sacrilegio que puede provocar el enojo de los muertos y el abandono de la casa.

Cuando se anuncia el mediodía, a través de unas cámaras, especie de bombas caseras, es señal de que hay que comenzar a servir la comida, llevando platos y tortillas al altar.

Es costumbre que este día se utilice para fabricar las velas de cera y para acudir al panteón a limpiar y arreglar las bóvedas de las tumbas de los difuntos; a veces esto se hace con anterioridad.

El primero de noviembre es el día más importante de los tres dedicados a los fieles difuntos: se espera la llegada de los familiares que murieron en avanzada edad, a los adultos, más si fue un ciudadano que se distinguió por el servicio prestado al pueblo. Como en el día anterior, las bandas municipales tocan El alba en la iglesia más o menos a la misma hora que el día anterior y también repican las campanas, se vuelve a quemar copal en la casa grande y a remarcar el camino con flor de cempasúchil.

Las mujeres preparan el champurrado para agasajar a los muertos y a la hora del desayuno se lleva a la mesa del altar, levantando la comida del día anterior; se puede ofrendar también del desayuno que se prepara para toda la familia.

Para la comida se prepara mole de guajolote o gallina, sobre todo porque es una comida típica de la región que se reserva para los grandes festejos. Se elabora en grandes cazuelas en las que también se pone a cocer la carne. En su elaboración participan varias personas, unas sacrificando a los animales, otras cociendo tomate y chile, unas más moliéndolo o estando al cuidado de su cocimiento. Cuando la comida está lista sólo se espera que el encargado de dar el mediodía prenda lumbre a las cámaras para que revienten y al explotar anuncien que es hora de comer. Escuchada la señal, la comida se sirve inmediatamente en la mesa del altar y cuando todo está servido la familia se sienta a comer. Después de ello sale a repartir comida a sus vecinos, familiares, compadres, amigos y conocidos a quienes más cerca los tiene el afecto. Se va de casa en casa entregando parte de su comida y su ofrenda y recibiendo también la de la casa que se visita. Como es de suponer, muchos llegan a repartir a la casa de quienes salen a repartir, quienes también tienen que corresponder entregando parte de la comida que ellos prepararon. Así se pasan toda la tarde de ese día.

Ya entrada la noche comienzan a preparar sus velas para ir al día siguiente al panteón a acompañar a los difuntos que regresan a su morada a seguir descansando después de haber pasado unos días en los domicilios de sus familiares que les sobreviven.

<strong>Rumbo al panteón</strong>

El 2 de noviembre, muy de madrugada algunas personas comienzan a partir rumbo al panteón, otras lo hacen al amanecer. Todas llevan, además de sus velas, flor de cempasúchil y agua bendita. Es creencia que se va a encaminar a los muertos para agradecerles que hayan acudido a la celebración. Llegando al panteón se prenden las velas para que ardan sobre las tumbas de los familiares o amigos, se les adorna con flores y se les rocía con agua bendita. Así permanecen largo rato, dos o tres horas, después regresan a su casa. Algunas familias llevan al panteón parte de la ofrenda y ahí mismo desayunan; otras regresan y se van a las orillas del río que cruza a un lado del pueblo, en el lugar llamado Yutanama; otras se dirigen a la laguna de Tecomaxtlahuaca o a las cuevas de San Miguel. Es día de descanso y regocijo familiar.

Si alguien no quiere o no puede ir al panteón acude a la iglesia del pueblo a velar y pedir a los santos por sus muertos, ya que todos esos días permanece abierta. En el último día se dicen rosarios y si alguien lo desea paga al cura de la parroquia para que celebre una misa en memoria de alguien.

Pasados los tres días dedicados a venerar a los muertos, la familia consume todo: la comida y la fruta de las ofrendas, desbarata el altar y todo vuelve a la normalidad. El Día de Muertos ha terminado.

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