Ojarasca cumple veinticinco años. Un cuarto de siglo de ser la ventana donde los indígenas nos asomamos al mundo y, montados sobre su alféizar, miramos pasar la historia y si lo consideramos necesario nos incorporamos a ella. Ése fue su sino desde su nacimiento, allá por el año de 1989, como México indígena, antes que fuera la revista Ojarasca y después suplemento del periódico La Jornada, con el mismo nombre. Surgió en un tiempo muy significativo para los movimientos indígenas, cuando éstos comenzaban a mostrar su rostro y trazaban el camino por donde después caminarían. Quienes emprendieron el reto de abrir esta ventana contaban con la suficiente intuición para entender que los indígenas comenzaban a moverse de manera distinta a como lo habían hecho en años anteriores y era necesario dar cuenta de ese movimiento.

Una señal de lo anterior, que los indígenas vimos en México indígena, fue que los movimientos indígenas de México dejaban de ser apéndice del movimiento campesino y se transformaban en sujetos políticos, con demandas específicas y formas particulares para reclamarlas. Ese año se formó el Frente Nacional de Pueblos Indígenas y dos después iniciaban la campaña “500 años de Resistencia Indígena Negra y Popular” para repudiar las celebraciones oficiales por los quinientos años del “descubrimiento” de América, denunciando que en realidad fue una invasión y que ésta continuaba. El gobierno salinista, tan necesitado de legitimidad, intentó calmar los ánimos levantiscos de los indígenas y firmó el Convenio 169 sobre pueblos indígenas, promovido por la Organización Internacional del Trabajo, creó los Fondos Regionales de Solidaridad y reformó la Constitución para reconocer que en este país hay indígenas, aunque no se atrevió a reconocerles ningún derecho.

Nada de eso fue suficiente para calmar el descontento de los pueblos indígenas que tenía sus raíces en su exclusión histórica y de las movilizaciones pacíficas muchos pasaron a las armas: en enero de 1994 los indígenas mayas de Chiapas, organizados en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, le declararon la guerra al Estado mexicano. Como nadie, Ojarasca informó de los sucesos y abrió sus puertas a reputados profesionistas sociales que explicaron al mundo las razones de su rebeldía. Los indígenas nos acercábamos a la ventana con la ilusión de entender qué estaba sucediendo y terminábamos atrapados en ella, embebidos por las ideas y la obra de John Berger, Luis Villoro, Alfredo López Austin y Humberto Akabal, por mencionar algunos.

No exagero si afirmo que por la ventana de Ojarasca muchos nos asomamos al mundo indígena, porque aunque lo éramos andábamos extraviados. Eso provocó un efecto que poco se ha valorado pero tiene una significación profunda. Allí comenzamos a difundir nuestras ideas, gracias a sus editores, que abrieron sus páginas a todo aquel que tuviera algo importante que decir y lo pusiera en un texto entendible. De esa manera quienes nos acercábamos a la ventana para ver el mundo comenzamos a apropiarnos de ella para mostrarnos a él. Decíamos nuestra palabra y lo hacíamos a su nuestro modo. La consecuencia de esto fue que el pensamiento y la palabra indígena comenzaron a diseminarse junto con la de otros que habían hablado de los pueblos. Fue un fenómeno maravilloso: los indígenas, no todos pero sí muchos de ellos, hablábamos de nosotros, de las luchas de nuestros pueblos de sus aspiraciones, de su cultura … de su vida.

Podríamos decir que veinticinco años de Ojarasca son los responsables de que ahora existan muchos intelectuales indígenas, na ka’an, los que hablan, y difunden el conocimiento de sus pueblos: el ña yani shini yo,lo que pensamos, junto al ña yani ini yo, lo que soñamos, como decimos los ta savi, a los que se conoce como mixtecos. Es un fenómeno al que no hay que perderle la pista porque representa un cambio sustancial en la forma como se miran los asuntos indígenas. Por casi medio siglo —desde 1940 hasta 1990— la forma de analizar estos temas estuvieron permeados por las políticas indigenistas impulsadas desde el gobierno; después hubo indígenas que hablaron por ellos mismos, desde otra postura pero con códigos ajenos a los de sus pueblos y lo que vemos ahora son indígenas revalorando su propia herencia cultural.

La presencia del pensamiento indígena es muy amplia y en los espacios que se han ido ocupando para decir su palabra confluyen distintos tipos de disciplinas: antropólogos y sociólogos e historiadores, que comienzan a realizar estudios de sus comunidades, desde su propia mirada. Junto con ellos existen abogados que utilizando las teorías revaloran el derecho de sus pueblos; médicos que trabajan con parteras y utilizando el saber ancestral lo colocan al lado de los conocimientos científicos; agrónomos que recuperan los conocimientos y prácticas agrícolas campesinas; arquitectos que recobran la ciencia de los antepasados en la construcción de ciudades; poetas que construyen nuevas formas de expresión de la belleza a través de la palabra; filósofos que ponen este conocimiento a la altura de las de otras culturas hasta ahora dominantes. Vamos, hasta un feminismo comunitario se abre paso postulado por mujeres indígenas que defienden sus derechos desde su cosmovisión y dentro de sus comunidades, no fuera ni contra de ellas.

Los que hacen su trabajo en serio, invariablemente se nutren del conocimiento de los Tata xi kua’a, los hombres de corazón y pensamiento grandes, los sabios de las comunidades, que los hay y muchos: van con ellos, trabajan por horas y horas, aprenden de ellos y después ponen sus conocimientos en clave entendible para el resto de indígenas y no indígenas. El resultado de este movimiento, que poco se ve porque la ventana por donde nos miramos —es decir, Ojarasca— ya nos queda pequeña para el tamaño del fenómeno, es invaluable. La historia, la filosofía, la sociología, la medicina, el derecho, la arquitectura y muchas disciplinas más comienzan a verse desde otra óptica, la de los dominados, que de esta manera también buscan la emancipación de sus pueblos.

Grande ha sido el papel de Ojarasca para que los indígenas nos asomemos al mundo y nos vean. Grande es también el reto de articular todos estos esfuerzos para que sus manifestaciones dejen de ser vistas como actividades aisladas, a las que hay que tolerar, y pasen a ocupar el lugar que les corresponde en el esfuerzo por construir un país donde se pueda vivir dignamente. Esa tarea, naturalmente, rebasa con mucho nuestro suplemento. Por eso, al celebrar los veinticinco años de que se abrió la ventana que nos permite mirarnos, mirar al mundo y que éste nos vea, es probable que haya llegado el tiempo en que tengamos que abrir otras, donde las miradas indígenas se multipliquen, hasta que todos nos vean y nos oigan. Ésa es tarea de los que nos empecinamos en querer seguir siendo indígenas pero dejar de ser los subordinados de siempre. Mientras eso sucede, celebremos que tenemos en Ojarasca una ventana por donde podemos mirarnos.

Ojarasca, número 210, octubre de 2014
http://www.jornada.unam.mx/2014/10/11/ojaportada.html?

 

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