E N LOS ÚLTIMOS AÑOS ASISTIMOS al surgimiento de nuevos movimientos indígenas, y lo son por la novedad de su conformación, pero también por sus demandas. Ya no estamos ante culturas atrasadas a las que había que ayudar a desarrollarse porque sólo dejando de ser indígenas podrían salir de la pobreza, como por mucho tiempo se les concibió, sino ante una diversidad de culturas que reclaman el derecho a su existencia. Tampoco nos encontramos frente a un movimiento indígena que se encuentra al final, lugar que por mucho tiempo se le asignó a los campesinos, incluso por los luchadores de izquierda. Por el contrario, presenciamos el surgimiento de unos pujantes movimientos que han sabido construir estrategias novedosas de lucha hasta hacerse escuchar, en una época en que la mayoría de las luchas sociales se encontraban alicaídas. La aparición de los pueblos y comunidades indígenas de México como actores políticos, luchando por sus derechos colectivos, ha dado pie a un nutrido debate sobre lo que representan para el presente y el futuro de la nación, tanto entre los propios indígenas como en la sociedad en general.

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