“Ya no podremos contar una historia como si fuese única”, dice un pensador. Y la frase nos brinca a la cara y nos insiste en que miremos lo que nadie parece atender por más escritos, documentos, testimonios, ensayos, movilizaciones y comparecencias en las cámaras: los pueblos indios existen en sus enclaves de la sierra y el bosque; tejen relaciones, sufren los agravios de sus vecinos, de los caciques, de los funcionarios distantes pero omnipresentes en su vida. Y sus regiones no son mero paisaje, ni su vida es desechable. La migración puede alejarlos, por periodos o para siempre, del lugar donde quedó enterrado su ombligo, es decir, de su hogar: el sitio de sus juegos y sus fuegos perpetuos. Pese a todo, las comunidades sobreviven. De la violencia y el miedo se defienden como pueden, a veces con organización y faenas y cargos comunales surgidos de la tradición o producto de su andar por la tierra aprendiendo a ser lo que ya son, reconociendo a cada paso su condición —una que en gran medida les ha sido impuesta. A veces la defensa que emprenden es también violenta, porque en eso el sistema enseña también que la muerte es sorpresiva y que no halla fin para esos que despectivamente se les llama indios y que orgullosos se reivindican como tales.

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