Vida y muerte de Zósimo Ortega González

Hay muertes que cuando ocurren se llevan pedazos del alma, sobre todo cuando son inesperadas y quien la sufre tenía una vida plena por delante. Así fue la de Zósimo Ortega González, un indígena triqui que fue asesinado el día 7 de enero pasado por la mañana, en el municipio de Nicolás Romero, estado de México, cuando unos delincuentes asaltaron el autobús urbano donde viajaba para dirigirse a su trabajo, como lo hacía todos los días. Cuando la luz de un nuevo día comenzaba a alumbrar el horizonte, Zósimo fallecía de la manera más absurda, dejando en el desamparo a su esposa y cuatro hijos. Su muerte dejó en sin guía a su pueblo y a nosotros, sus compañeros de camino, sin su compañía, su consejo siempre oportuno y la claridad de su pensamiento.

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Oaxaca: el fracaso de la transición política

Con más de medio camino recorrido y tan sólo dos años para entregar el cargo, está visto que el gobierno de Oaxaca, encabezado por Gabino Cué Monteagudo, no pudo conducir a la sociedad oaxaqueña hacia una democracia plural y más participativa ni mejorar la relación entre la sociedad y el Estado, como prometió en su discurso de toma de protesta. Postulado por una coalición de partidos de derecha e izquierda y arropado por una sociedad agraviada en sus derechos por su antecesor, el mandatario llegó al cargo con la esperanza de impulsar un gobierno distinto a los que hasta entonces había sufrido el estado. No pudo. Sus desavenencias con quienes lo llevaron al poder lo orillaron a llamar a los operadores del partido derrotado para poder gobernar y terminó apoyado en los grupos caciquiles regionales y dando concesiones sin fin a todos los partidos, nacionales y estales, con tal de que lo dejaran manejar la administración gubernamental.

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Ejido La Sierrita: resistencia al despojo

Igual que la población mexicana, también la madre tierra sangra, porque el terrorismo contra los luchadores sociales, los defensores de derechos humanos, los estudiantes y los pobres en general, lo mismo se aplica a ella. A los primeros se les amenaza, encarcela, golpea, asesina o desaparece, mientras a la segunda se le extrae el agua que es la sangre que la alimenta y nos alimenta; se le contamina con los químicos que a diario se le arrojan y se le extraen los minerales, que es como extraerle los órganos que le dan vida. Eso me expresa un campesino como justificación de su oposición y la de sus compañeros a que en el territorio de su pueblo se construyan presas hidroeléctricas, se instalen las empresas mineras para extraer el oro; las petroleras que buscan hacerse del petróleo después que diputados y senadores modificaron la Constitución para que ya no haya prohibición de que las empresas privadas se apoderen de él.

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México secuestrado

Muy mal deben de andar las cosas en México para que hasta Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, se atreva a señalar que nuestro país atraviesa por una grave crisis social, que somos una sociedad con miedo, secuestrada por la violencia; y sus palabras sean secundadas por el Presidente de ese organismo, quien frente al Presidente de la República hizo referencia al dolor y la indignación popular por la violación de los derechos humanos. En años anteriores los miembros del Poder Judicial procuraban no opinar sobre estos temas, que consideraban propios de los opositores al gobierno en turno, menos si formaban parte la cúpula judicial. Ahora ya no sucede así, y si expresan sus opiniones mas allá de la interpretación de las leyes, seguramente es porque, aunque colocados en una situación de privilegio, también miran la crisis del país, sienten el miedo en que la mayoría vemos transcurrir nuestras vidas y temen ser la próxima víctima de la violencia.

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La ventana donde nos asomamos

Ojarasca cumple veinticinco años. Un cuarto de siglo de ser la ventana donde los indígenas nos asomamos al mundo y, montados sobre su alféizar, miramos pasar la historia y si lo consideramos necesario nos incorporamos a ella. Ése fue su sino desde su nacimiento, allá por el año de 1989, como México indígena, antes que fuera la revista Ojarasca y después suplemento del periódico La Jornada, con el mismo nombre. Surgió en un tiempo muy significativo para los movimientos indígenas, cuando éstos comenzaban a mostrar su rostro y trazaban el camino por donde después caminarían. Quienes emprendieron el reto de abrir esta ventana contaban con la suficiente intuición para entender que los indígenas comenzaban a moverse de manera distinta a como lo habían hecho en años anteriores y era necesario dar cuenta de ese movimiento.

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